lunes, 5 de diciembre de 2011

Mi primer maratón. Valencia, 27 de Noviembre de 2011

El viernes 25 deNoviembre, mi mujer y yo salíamos rumbo a Valencia con dos objetivos; pasar elfin de semana con Fernando, y así poder ver su nueva casa, y para participar enla maratón que se disputaría el domingo.
Durante todo el sábadoestuvimos por Valencia, contemplando entre otros, el ambiente que se creabapara la carrera del día siguiente. El comienzo y final de la carrera tendríalugar en el pabellón Príncipe Felipe de la ciudad de las artes y las cienciasde Valencia, creando un marco precioso para el ánimo, tanto de corredores cómoespectadores.
El día de la carrera sepresentaba con un tiempo más turbio que el día anterior, lo cual no minaría miánimo por participar en una carrera que llevaba mucho tiempo deseándola. Laimpresión a la salida de la casa de Fernando no fue muy buena,  la casa preciosa por cierto, con un toque demodernidad que no me atrevo a calificar a causa de mi escaso conocimiento delos diseños arquitectónicos interiores, debido a la presencia en su calle de unpersonaje que nos dedicaba entre otras, delicadezas como “os mato”, demostrandoclaros síntomas de no haber pasado una buena noche, o sí, depende del punto devista con el que se mire.
Con la llegada al lugarde la carrera estaba seguro de que empezarían a aparecer los primeros nervios,presagios de la impaciencia por empezar a correr. Pero no, los nervios noaparecieron en ningún momento, más bien una emoción por ver el ambiente que seestaba formando, y es que entre corredores de la maratón y de la prueba de 10kilómetros había cerca de 14.000 personas inscritas. Durante el período decalentamiento pude disfrutar de unos compañeros muy especiales para esacarrera, nada más y nada menos que un grupo de profesionales del maratón,keniatas y marroquíes, que estuvieron dando unas carreras a mí lado, está fuela última vez que los pude ver. Uno de ellos, evidentemente, fue el ganador dela carrera, con unos minutos menos de la marca que yo realice. Una vez finalizadoel calentamiento nos dirigimos a la salida, repleta ya de corredoresimpacientes por comenzar. Faltaban más de diez minutos para el comienzo de laprueba, pero todos los participantes ya estábamos en la salida, hablando unoscon otros sobre cuáles eran sus sensaciones, que tiempo se piensa hacer y demástemas relacionadas con la carrera.
Por fin se dio elpistoletazo de salida, ó eso creía, porque durante un tiempo estuvimos paradoshasta que los corredores de delante pudiesen salir. Pasaron cerca de 3 minutoshasta que llegué a la línea de salida, punto desde el que comienza a contar elreloj, debido a la aglomeración de personas que había. Aún pasando la línea desalida, el ritmo que podíamos llevar era bastante lento, ya que nosestorbábamos unos a otros. Aunque durante el primer kilómetro no adelantemucho, intentando colarme por los huecos que dejaban los de adelante, pude ircolocándome en mejor posición. Sin embargo, no fue hasta el kilómetro cincodonde pude coger el ritmo que deseaba de carrera, y no tener que irconstantemente esquivando corredores para poder llevar un ritmo constante. Estafue la tónica de los diez primeros kilómetros, intentar coger tú mejor ritmo decarrera.
El paso de los 10kilómetros fue cuanto menos bastante curioso, debido a que mi compañero decarrera en ese momento, y al pasar por una zona con mucho público, se emocionode tal modo que era él quién animaba a los demás con gritos como ¡Vamos! ¡Guaaauu!etc. que me hicieron ver lo entusiasmado que se encontraba, creo que tuvo unorgasmo de popularidad en esos momentos. Aunque llevábamos ya unos kilómetros recorridos,el tránsito de los diez a los veinte kilómetros se me hizo muy llevadero, tantoporque me encontraba muy bien como por el hecho de que el desarrollo de lacarrera transcurría en gran parte por el centro de la ciudad. Fue en estetramo, y muy cerca del ayuntamiento, dónde pude dar caza al grupo que corría aritmo de 3 horas 15 minutos (grupo formado por un miembro de la organizaciónque corre, más ó menos, a un ritmo constante para terminar la carrera en esetiempo), lo cual hizo sentir que se cumplían mis objetivos, aunque aquí mequedaba claro de que no alcanzaría al grupo de 3 horas. Tras un kilómetroaproximadamente con este grupo, al cerciorarme de que podía correr más rápidosin problemas, abandone a mis compañeros en busca de otro grupo. Y tras pasarvarios grupos llegamos al kilómetro veinte.
No podía imaginar que eltramo comprendido entre los kilómetros veinte y treinta serían el mejor de lacarrera, ya que fue entre estos puntos kilométricos en los que me sentí mejor ycorrí más rápido, sin poder imaginar lo que después vendría. En el transcursoaproximado del kilómetro veinticinco me uní a un grupo que no abandonaría hastael treinta. Aunque nos relevamos entre otro corredor y yo para tirar del grupo,durante estos cinco kilómetros fui casi siempre a la cabeza del grupo, ¡menudoerror! Pensando en esos momentos que manteniendo ese ritmo hasta el finalpodría hacer un tiempo de poco más de tres horas, no me daba cuenta de lo quese estaba formado en la mis extremidades inferiores. Y es que jamás podríaimaginarme que me acordaría tanto de una frase que me habían citado en muchasocasiones, “mucho cuidado con el kilómetro treinta”.
¿Cómo puede tener tantosignificado un simple cartel de fondo blanco con el número treinta escrito ennegro? Pues lo tiene, por lo menos para mí. Ya viendo a lo lejos el cartel queanunciaba nuestro paso por dicho kilómetro, quizá el enano dueño de dicho puntokilométrico, comenzó a clavarme miles de alfileres y mis ya maltrechos muslos.¡Menuda sensación!, pasar de encontrarme con un estado anímico de euforiatotal, a pensar, ¿qué me está pasando? Pues no alcanzaba a entender, cómo en eltranscurso de un kilómetro, desde el treinta al treinta y uno, pudieron cambiartanto mis sensaciones en la carrera, y es que me vine abajo de un mododrástico, presagio de los malos, por no decir insufribles, once kilómetros querestaban para finalizar mi primer maratón. Dolores, pinchazos, más dolores, maspinchazos, gemelos que avisan que algo no va bien del modo en que siempre lohacen, muy desagradable por cierto, fueron mis compañeros hasta la línea demeta. De nada servían los números gritos de ánimo que me llegaban desde elpúblico, ¡vamos Julio!, ¡que ya lo tienes! y muchos más elogios que llegaban a mis oídos, que lo único que hacíaneran darme cuenta de la mala cara que tendría que tener. Incluso un niñodisfrazado de pitufo se puso durante unos metros a correr conmigo. Se agradece enormementeque la gente te anime, aún sin conocerte de nada, gracias.
El numeroso públicopostrado a los lados de la carretera, así como los carteles indicativos de lospuntos kilométricos transcurridos, comenzaban a elevar mi estado de ánimo,faltaba menos. Aunque es mi primer maratón, seguro que pocas llegadas a líneade meta son tan bonitas cómo la que la organización tenía preparada. Laaglomeración de personas en el público era el máxima, y sus gritos de ánimosjunto con la espectacularidad de la entrada a la ciudad de las artes y lasciencias de Valencia hacían que mis piernas se moviesen más rápido de lo que enrealidad podían. De entre todas las voces que salían del público, esperaba conansiedad dos voces conocidas, las de mi mujer y mi amigo. Y por fin losescuche, a unos quinientos metros de la meta se encontraban gritando a mi paso,produciéndome una gran satisfacción al volver a verlos.
Los metros finales son ladistancia de la felicidad, se te estiran los labios sin tener que realizarningún esfuerzo para sonreír, los brazos se levantan automáticamente en señalde tu victoria particular, y por fin se produce el paso por la línea de meta,con un único pensamiento: “mereció la pena”.
Una vez terminada lacarrera, se agudizan los dolores y pinchazos en las piernas, incluso en partesde mi cuerpo de las que desconocía su existencia. Sin embargo, la actuacióncomo antiinflamatorio por parte de la mejor medicina que conozco hace perfectamentesu función de atenuar dichas molestias. Esta medicina no es otra que lasatisfacción de cumplir con el objetivo marcado.

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Julio RuizMontero