domingo, 10 de junio de 2012

Desilusión e Ilusión en la misma maleta


Aunque pueda parecer una contradicción, palabras que tienen significados totalmente opuestos pueden, y de hecho tienen cabida en una misma situación. Si pensamos en algo guapo y feo a la vez, quizá no le encontremos mucho sentido, en una altura baja y alta al mismo tiempo, pues a lo mejor tampoco vemos que se puedan complementar. Aunque ya sé que alguien me puede decir que todo depende de los ojos con los que se mire, que todo es relativo, no es esa la cuestión.
Las palabras con significados opuestos a las que me refiero, son “Desilusión e ilusión”. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en situaciones en las que estas dos palabras van cogidas de la mano? Seguramente que en más de una. Sin ir más lejos en el tiempo, ahora mismo, por lo menos en mi caso y el de otros muchos que conozco, esta situación está a la orden del día. Y por desgracia está de actualidad, ya que “Desilusión” se la atribuimos a nuestro país, y muchos de sus ciudadanos, mientras que “Ilusión” tendrá que ir acompañada del nombre de otro país, así como a nuevos vecinos. Tan desilusionante como cierto. Tan desilusionante como encontrarte en un país en el que muchos nos sentimos, porque así nos hacen sentir, como criminales, estafadores y casi asesinos de la forma de vida de nuestros vecinos, por el simple hecho de pertenecer a ese grupo de personas que en la época del robo masivo que hubo en nuestros país, sí he dicho bien, robo masivo, estábamos, unos preparándonos para un futuro mejor, otros trabajando, sin opciones a los sueldos escandalosos y desorbitados que se manejaban por aquel entonces, ¡menudo error!. Cuando hablo de robo masivo, no me refiero al trabajador que aprovechó la oportunidad de ganar el dinero que se le permitía, hablo de aquellos que permitieron toda esta sin razón, y que por supuesto sacaron tajada, ¡ni me quiero imaginar el tamaño de la misma! Tan desilusionante como encontrarte en un país en el que una gran mayoría se alegra de que a otros,  trabajadores de sanidad y educación por ejemplo, con todo lo que se ha de luchar para estar ahí, se les deje sin empleo, se les ningunee, se les ridiculice y se les haga sentir de un modo que ni esos seres que viven en las alcantarillas, y que tanta repulsa suscitan, se merecen, con el agravante de que ni si te ocurra reivindicar nada que tenga que ver con tus derechos.
Esta es la realidad. Al mismo tiempo que muchos tenemos que aplicar la palabra “Desilusión” a nuestro propio país, hemos de dar un giro de tuercas, y entonar la palabra “Ilusión”, pero lejos de aquí, en algún país que se nos respete, que no se nos criminalice por lo que hemos hecho, y mucho menos por aquello que no llegamos a hacer. Tendremos que hacer nuestra maleta, cargándola de la ilusión que aquí se nos ha negado, y que esperamos construir en otro lugar, ya que mucho me temo que aquí tenemos los días contados, porque no hay cabida para nosotros laboralmente hablando, y porque, ni mucho menos, estamos dispuestos a recoger las migajas que se nos arrojan, lo siento pero eso no.
Lo triste de todo esto, es que no somos casos aislados, sino que cada vez es más grande el grupo de aquellos que pasaremos a engordar los registros de emigración de nuestro país, cada vez es más grande el grupo de los que estamos cansados de cómo funciona este país, de las reglas del juego tan desastrosas, visto lo visto, que se nos hacen seguir. Pero sobre todo, estamos cansados de la falta de respeto que rodea nuestro día a día, y que a veces, según mi opinión, nos hace ser una sociedad triste, muy pero que muy triste.
Julio Ruiz Montero

jueves, 7 de junio de 2012

226 kilómetros de vida (2ª parte)


No había vuelta atrás, la semana de la prueba había llegado, aunque por otras distracciones prácticamente había pasado inadvertido para mí.
!Que no falte nunca!
     Los días previos, entre preparación del material y otros fueron como cuando un niño espera el día de reyes, ó su cumpleaños, todo ilusión y expectación, sin faltar por supuesto los nervios, que ya empezaban a hacer mella, especialmente en el sueño. Previo paso por Valencia para ver a mi amigo, el sábado por la mañana llegamos a Salou, y lo primero que hicimos fue ir a ver la meta que tendría que cruzar el día siguiente, ¡no parece tan difícil!, ¿verdad? El sábado transcurrió entre hotel, preparando el material, recogiendo dorsales y dejando la bici en su sitio para el día siguiente, intentando dejarlo todo lo mejor posible, para que nada fallase. Ya se veía el ambiente que se crea en estas ocasiones, de participantes, familiares y curiosos.
Objetivo: cruzarla
            La mañana de la prueba llego pronto, ya que a las 6:30 estaríamos dentro del agua. En el desayuno coincidimos varios de los participantes, comentando temas relacionados sobre todo con el tiempo, ya que llovía, y llovería. De camino a la salida pudimos coincidir con aquellos que continuaban la noche, con sus conversaciones, sus situaciones, etc., ¡qué tiempos aquellos! Una vez en la zona de la prueba no había tiempo que perder, ni nervios ya que había cosas que preparar.

     El momento de la verdad había llegado. Situados en la orilla de la playa, cuando aún el día no nos había saludado, nos encontrábamos todos los participantes, cada uno con su motivo, con la particular historia que le había llevado hasta ese punto. No sabía cómo terminaría mi aventura, pero de lo que te dabas cuenta en esos momentos, es que ya teníamos nuestros triunfos particulares, al plantearnos nuestro pequeño reto. Resulta curioso como ver, que además de llevar todos nuestro traje de neopreno del mismo color, teníamos otra cosa en común, nuestras miradas. Mirases a quién mirases, todos teníamos ese punto de mirada asustadiza, que precede a la posterior emoción. No se trataba de miedo, sino más bien, de respeto, por la prueba y hacia el resto de participantes. Con el cañonazo de la salida, los nervios se transformaron en tranquilidad y alegría, ya que entre las brazadas necesarias para recorrer los 3800 metros creo que hubo varias “sonrisas acuáticas”. Ahora que pienso, ¿será ese el motivo por el que trague tanta agua?, no creo. Era bonito estar nadando en el mar, con toda esa gente, comenzando a cumplir mi objetivo. Después de tantos quebraderos de cabeza que me dio la natación, resulta que terminó casi sin darme cuenta, con un tiempo de 1 hora 3 minutos de repente me encontraba corriendo por la alfombra, saludando a mi guapa, e inseparable mujer, camino de los boxes para encontrarme con mi niña de dos ruedas, con un elevado grado de excitación, ¡VAMOS!.
Con los nervios antes de la salida
  
Salida de boxes hacia los 180 kilómetros
 Una vez terminada la natación, y tras una tranquila transición, me encuentro con mi niña de ruedas y cuernos, ¡es tu turno guapa! ¡A POR LOS 180! Me encanta montar en bici, me despeja y me da alegría, pero jamás podría imaginar que estaría tan contento encima de la bicicleta en esta prueba. A pesar de la lluvia, y algo de granizo, que nos acompaño durante 20 kilómetros, aumentaban mis ganas de seguir pedaleando, mi niña estaba respondiendo. Rodeado de unos paisajes preciosos, nos íbamos metiendo en el circuito que la organización tenía preparado, empezando a descubrir porque decían que era duro, muy duro. Y es que el primer puerto, con su belleza, te saludaba, al tiempo que te advertía de su dureza. No le hice mucho caso. Tras bajar y pasar algunos repechos, fuimos a por el segundo puerto, igual de bonito, más corto pero algo más duro. Aunque duro se subía con alegría, ya que al final del mismo se encontraba el avituallamiento especial, la comida que cada uno había preparado para el kilómetro 100. 
!Vamos que no es para tanto!
Al igual que en la vida, hay momentos en los que una mala decisión te puede marcar para el resto, en mi caso así fue. Tenía preparado varios dulces, plátanos, frutos secos y una coca-cola. Al abrir mi bolsa me encuentro con que la coca-cola se ha vertido, empapando la comida, y fruto de la excitación por lo bien que me encontraba hasta el momento, no pensando en todo lo que tenía por delante, desprecio la comida, pensando en que no lo necesitaba, y continuo sin comer nada, ¡qué error, grave error! Y es que en muchas ocasiones es más útil para el global utilizar la cabeza en lugar de lo que sientes en esos momentos. No sé si porque comenzaba a darme cuenta de mi fatal decisión ó porque realmente mi depósito de combustible se vació, pero tardé sólo 10 kilómetros en sentir un vacío en el estómago, que acompañado de un buen mareo hicieron que me bajase de la bicicleta para no caerme. El tío del mazo había llegado, y sabía que me acompañaría toda la carrera. Con 70 kilómetros de ciclismo por delante, a sabiendas de que lo único que comería hasta la maratón serían barritas y geles energéticos, de los cuales estaba ya cansado, las dudas comenzaron a aparecer, y más aún pensando en la maratón. El error estaba cometido, nada podía hacer por solventarlo, sólo seguir adelante, intentando pasar esos malos momentos como fuese. Hacía mucho tiempo que no subía un puerto dando bandazos de uno a otro lado de la carretera, pero mi debilidad me obligó a ello en el tercer y último puerto. Los últimos 30 kilómetros se suponían sencillos de llevar, pero el peor enemigo del ciclista, el viento en contra, nos visito hasta nuestra llegada a Salou.

Concluido el circuito de ciclismo, y tras 6 horas 52 minutos de inolvidable pedaleo, dispuesto a enfrentarme a la maratón en la disciplina que más me gusta, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Todo comenzaba bien, dentro de lo mal que la pájara de la bicicleta me había dejado. Mi mujer me aclamaba, espectadores y voluntarios no escatimaban en ánimos hacia mí y resto de participantes. En el primer avituallamiento por fin pude comer otra cosa que no fuesen barritas y geles, y plátanos y naranjas se incorporaban a mi dieta, parecía que llegaban tarde. Pasaban los primeros kilómetros y aunque no iba mal del todo, sabía que no estaba funcionando mi carrera continua, no me habituaba a correr. ¡Y qué razón llevaba! Al igual que en la vida te encuentras alguna situación que te hace ver que no va bien, esa sensación en la que experimentaba, al igual que lo veía en la cara de muchos de los participantes.

Como si de una barrera psicológica se tratase, al pasar la media maratón comenzaron a venir todos los problemas de golpe. Hacía mucho tiempo que todo lo que comía sólo se quedaba en el estómago, y ningún efecto parecía hacerme en las fuerzas. Los geles sólo me daban ganas de vomitar, y por si fuera poco, los gemelos y cuádriceps, que ya estaban avisándome, se unieron a la fiesta del arrastre. Ese fue el nombre que le puse a los últimos 15 kilómetros de mi aventura, “el arrastre”, ya que esto es lo que hice en esos kilómetros, arrastrarme. La mala decisión de no comerme la comida empapada de coca-cola en la bicicleta me estaba causando un sufrimiento inexplicable. Mis piernas me decían que estábamos mal, muy mal, y que si no gestionaba bien el final de la carrera corríamos el peligro de no terminar, lo cual no entraba para nada en mis planes. Por ello, para poder terminar, tuve que combinar tramos de carrera con otros andando. Además de los ánimos de voluntarios y espectadores, muchos fueron los ánimos, que entre participantes que nos encontrábamos en la misma situación, nos propinábamos unos a otros, conscientes de lo mal que estábamos. No sabe uno de dónde sale ese último hilo de fuerza, que te coge y te lleva a recorrer los últimos kilómetros, ayudado por la gente que no te dejaba que te fueses abajo, y es que el no terminar no tenía lugar dentro de mi cabeza. Mucho tuvo que ver en esto mi mujer, sin la cual no podría hacer nada de esto, que me animaba sin caer en su desánimo, aún sabiendo, ya que me conoce mejor que yo, que no estaba como yo esperaba, que mi cabeza ya no me funcionaba.
Sobre los últimos metros, no hace falta decir nada de ellos, ya que la felicidad de cumplir el objetivo que tantas horas, no sólo de entrenamientos sino también de pensamiento me había llevado, no tiene nombre, y tras 4 horas 40 minutos de maratón, sumados a los tiempos anteriores, con las transiciones, sumaron un total de 12 HORAS 49 MINUTOS 27 SEGUNDOS de felicidad.
La llegada

Por fin terminaba los 226 kilómetros de mi aventura. Una aventura, que como la vida misma, se forma de muchas experiencias, distintas fases, buenas y malas, en la que hay que pasar las malas con el mayor ánimo posible y no dejarse llevar de un modo descontrolado por los buenos momentos.
Pasadas 24 horas desde el final, comienza uno a estar más contento aún de haber cumplido su sufrido objetivo, y a entender porque algunos consideran este tipo de pruebas como una droga, ya que, con los dolores aún presentes, mi pensamiento va en busca de la siguiente.

226 kilómetros de vida (1ª parte)


     Recuerdo la primera vez que escuche la palabra “Ironman”. Fue hace bastantes años, en Badajoz, y tras descubrir de qué trataba dicha prueba, no pude pensar otra cosa que no fuese ¡qué locura! Desde entonces no volví a prestar atención a esta palabra, hasta que el año pasado, en mi centro de trabajo, y una vez dentro de este mundillo, descubría día tras día que varios de mis compañeros habían participado en pruebas similares. ¿Pero dónde estoy? ¿Cómo es posible que hayan podido realizar esto? Estas y otras preguntas se me venían a la cabeza sin encontrar respuesta. Aunque mi mente no podía asimilar todo lo que mis compañeros me contaban, una luz se encendió dentro de mí el lunes 6 de Junio del año pasado, cuando una compañera me comentaba que tenía mucho sueño porque el día anterior había llegado tarde a casa, a causa de que su marido estuvo participando en un triatlón distancia Ironman el día anterior, en Salou. Entonces pensé, ¿si toda esta gente lo hace? ¿Por qué yo no?
     Esa es la pregunta clave que toda persona que quiera hacer una prueba de este tipo, ó cualquier otro reto ó actividad, ha de plantearse ¿por qué yo no? Desde aquel día se instaló en mi cabeza la idea, la necesidad más bien, que por lo menos debía intentarlo. Y en esas nos pusimos. Aunque por aquel entonces ni siquiera había participado todavía en un triatlón, sólo duatlones, no me importaba.
     Después de tener mis primeras experiencias en triatlón, y teniendo en cuenta mi triste natación, estaba claro que tendría mucho trabajo por delante. Sería necesario montar mucho en bicicleta, correr durante muchas horas, pero en natación, además de nadar, nadar y nadar, prácticamente tendría que empezar de cero, ya que estaba claro que no sabía nadar. Por ello, después de inscribirme en la prueba, a finales del verano, y sabiendo que lo más inmediato era aprender a nadar, pude contactar con el club de natación de Toledo, dónde con la ayuda de Alberto, Carmen, compañeros de natación y por supuesto Tina, poco a poco y con paciencia, se comenzó a lograr la difícil tarea de mantenerme a flote.

 Con Alberto en la piscina de Toledo

     Una vez terminé mi primera maratón en Valencia, obtuve dos noticias, una buena y otra mala. La buena, comprobar que era capaz de correr la maratón, la mala, que esto iba a ser duro, muy duro.
     Tras la semana de descanso después de la maratón, comenzaba la preparación para el Ironman. Seis meses de madrugones para correr, de llegar tarde a casa tras la piscina, y de fines de semana ocupados por largas sesiones de bicicleta y carrera. Sinceramente, no puedo decir que fuese duro, ya que la emoción de preparar una prueba de este tipo lo compensaba todo. Y es que como dice el dicho, “el que algo quiere algo le cuesta”. Aunque la preparación es una de las partes que más se disfruta, no fueron pocas las veces que pensaba si esto merecería la pena, hasta el día de la prueba no lo sabría.

viernes, 1 de junio de 2012

Lecciones del día a día


No son buenos tiempos en general, es una de las realidades que en la actualidad tenemos, muy especialmente en nuestro país. No hace falta buscar mucho para darnos cuenta de la difícil situación en la que nos encontramos, lastrada por la economía, que ejerce como peso de arrastre sobre el resto de las facetas de nuestras vidas. Y es que, por mucho que en ocasiones hagamos nuestras expresiones como que “el dinero no es importante”, lo cual es cierto en parte, la realidad es que la economía si importa, y desgraciadamente dejamos que condicione nuestro ánimo, y con ello nuestra actitud ante los distintos retos que se nos puedan plantear.
Aunque la realidad general es dura, ni podemos ni debemos dejar que toda esta sin razón en la que nos encontramos inmerso nos condicione, ya que, el tiempo cada vez pasa más rápido, y día que se pierda no se volverá a recuperar. Por ello, si queremos hacer algo, lo intentamos y punto, independientemente de si lo conseguimos ó no, ya que en su intento estará el éxito.
¿Y por qué digo todo esto? Si nos fijamos en los pequeños detalles que tenemos a nuestro lado en el día a día, quizá podamos encontrar ese impulso que necesitamos para elevar nuestro estado de ánimo, con los innumerables beneficios que ello tendrá, en nuestra salud y en nuestras actividades diarias. Por ello, quería compartir uno de esos detalles de los que pude ser testigo en el día de ayer, cuando iba con mi coche por una carretera y pude ver a una persona practicando ciclismo en una bicicleta adaptada a personas que en su vida diaria necesitan una silla de ruedas. Fue entonces cuando pensé, “sí señor, esa es la actitud”. No conozco a esa persona, pero le doy un diez por su actitud, por superar sus adversidades, por no quedarse en casa lamentándose, QUIERE PRACTICAR CICLISMO Y LO PRACTICA, PUNTO. Aunque pueda entender que alguien piense que esto no es especial, para mí lo es, ya que estamos más que acostumbrados a escuchar multitud de excusas ante las adversidades que nos encontramos, en nuestra vida profesional ó personal, que si esto… que si lo otro… que si este no me permite…, y muchas más que no hace falta comentar.
En definitiva, el día a día nos ofrece multitud de detalles y experiencias, cargadas de contenidos que merece la pena prestarles atención, y que si somos capaces de leer, y aprovechar su significado, utilizando lo positivo del mismo, podremos enfrentar mejor todos los mensajes depresivos y desoladores que nos llegan, haciendo girar malas situaciones en no tan malas, ó incluso buenas ó muy buenas.
Julio Ruiz Montero