Aunque pueda
parecer una contradicción, palabras que tienen significados totalmente opuestos
pueden, y de hecho tienen cabida en una misma situación. Si pensamos en algo
guapo y feo a la vez, quizá no le encontremos mucho sentido, en una altura baja
y alta al mismo tiempo, pues a lo mejor tampoco vemos que se puedan
complementar. Aunque ya sé que alguien me puede decir que todo depende de los
ojos con los que se mire, que todo es relativo, no es esa la cuestión.
Las palabras con
significados opuestos a las que me refiero, son “Desilusión e ilusión”. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en
situaciones en las que estas dos palabras van cogidas de la mano? Seguramente que
en más de una. Sin ir más lejos en el tiempo, ahora mismo, por lo menos en mi
caso y el de otros muchos que conozco, esta situación está a la orden del día.
Y por desgracia está de actualidad, ya que “Desilusión”
se la atribuimos a nuestro país, y muchos de sus ciudadanos, mientras que “Ilusión” tendrá que ir acompañada del
nombre de otro país, así como a nuevos vecinos. Tan desilusionante como cierto.
Tan desilusionante como encontrarte en un país en el que muchos nos sentimos,
porque así nos hacen sentir, como criminales, estafadores y casi asesinos de la
forma de vida de nuestros vecinos, por el simple hecho de pertenecer a ese
grupo de personas que en la época del robo masivo que hubo en nuestros país, sí
he dicho bien, robo masivo, estábamos, unos preparándonos para un futuro mejor,
otros trabajando, sin opciones a los sueldos escandalosos y desorbitados que se
manejaban por aquel entonces, ¡menudo error!. Cuando hablo de robo masivo, no
me refiero al trabajador que aprovechó la oportunidad de ganar el dinero que se
le permitía, hablo de aquellos que permitieron toda esta sin razón, y que por
supuesto sacaron tajada, ¡ni me quiero imaginar el tamaño de la misma! Tan
desilusionante como encontrarte en un país en el que una gran mayoría se alegra
de que a otros, trabajadores de sanidad
y educación por ejemplo, con todo lo que se ha de luchar para estar ahí, se les
deje sin empleo, se les ningunee, se les ridiculice y se les haga sentir de un
modo que ni esos seres que viven en las alcantarillas, y que tanta repulsa
suscitan, se merecen, con el agravante de que ni si te ocurra reivindicar nada
que tenga que ver con tus derechos.
Esta es la
realidad. Al mismo tiempo que muchos tenemos que aplicar la palabra “Desilusión” a nuestro propio país, hemos
de dar un giro de tuercas, y entonar la palabra “Ilusión”, pero lejos de aquí, en algún país que se nos respete, que
no se nos criminalice por lo que hemos hecho, y mucho menos por aquello que no
llegamos a hacer. Tendremos que hacer nuestra maleta, cargándola de la ilusión
que aquí se nos ha negado, y que esperamos construir en otro lugar, ya que
mucho me temo que aquí tenemos los días contados, porque no hay cabida para
nosotros laboralmente hablando, y porque, ni mucho menos, estamos dispuestos a
recoger las migajas que se nos arrojan, lo siento pero eso no.
Lo triste de
todo esto, es que no somos casos aislados, sino que cada vez es más grande el
grupo de aquellos que pasaremos a engordar los registros de emigración de
nuestro país, cada vez es más grande el grupo de los que estamos cansados de
cómo funciona este país, de las reglas del juego tan desastrosas, visto lo
visto, que se nos hacen seguir. Pero sobre todo, estamos cansados de la falta
de respeto que rodea nuestro día a día, y que a veces, según mi opinión, nos
hace ser una sociedad triste, muy pero que muy triste.
No
había vuelta atrás, la semana de la prueba había llegado, aunque por otras distracciones
prácticamente había pasado inadvertido para mí.
!Que no falte nunca!
Los días previos, entre preparación
del material y otros fueron como cuando un niño espera el día de reyes, ó su
cumpleaños, todo ilusión y expectación, sin faltar por supuesto los nervios,
que ya empezaban a hacer mella, especialmente en el sueño. Previo paso por
Valencia para ver a mi amigo, el sábado por la mañana llegamos a Salou, y lo
primero que hicimos fue ir a ver la meta que tendría que cruzar el día siguiente,
¡no parece tan difícil!, ¿verdad? El sábado transcurrió entre hotel, preparando
el material, recogiendo dorsales y dejando la bici en su sitio para el día
siguiente, intentando dejarlo todo lo mejor posible, para que nada fallase. Ya
se veía el ambiente que se crea en estas ocasiones, de participantes,
familiares y curiosos.
Objetivo: cruzarla
La mañana de la prueba llego pronto,
ya que a las 6:30 estaríamos dentro del agua. En el desayuno coincidimos varios
de los participantes, comentando temas relacionados sobre todo con el tiempo,
ya que llovía, y llovería. De camino a la salida pudimos coincidir con aquellos
que continuaban la noche, con sus conversaciones, sus situaciones, etc., ¡qué
tiempos aquellos! Una vez en la zona de la prueba no había tiempo que perder,
ni nervios ya que había cosas que preparar.
El momento de la verdad había
llegado. Situados en la orilla de la playa, cuando aún el día no nos había
saludado, nos encontrábamos todos los participantes, cada uno con su motivo,
con la particular historia que le había llevado hasta ese punto. No sabía cómo
terminaría mi aventura, pero de lo que te dabas cuenta en esos momentos, es que
ya teníamos nuestros triunfos particulares, al plantearnos nuestro pequeño reto.
Resulta curioso como ver, que además de llevar todos nuestro traje de neopreno
del mismo color, teníamos otra cosa en común, nuestras miradas. Mirases a quién
mirases, todos teníamos ese punto de mirada asustadiza, que precede a la
posterior emoción. No se trataba de miedo, sino más bien, de respeto, por la
prueba y hacia el resto de participantes. Con el cañonazo de la salida, los
nervios se transformaron en tranquilidad y alegría, ya que entre las brazadas
necesarias para recorrer los 3800 metros creo que hubo varias “sonrisas
acuáticas”. Ahora que pienso, ¿será ese el motivo por el que trague tanta
agua?, no creo. Era bonito estar nadando en el mar, con toda esa gente,
comenzando a cumplir mi objetivo. Después de tantos quebraderos de cabeza que
me dio la natación, resulta que terminó casi sin darme cuenta, con un tiempo de 1 hora 3 minutos de repente me
encontraba corriendo por la alfombra, saludando a mi guapa, e inseparable mujer,
camino de los boxes para encontrarme con mi niña de dos ruedas, con un elevado
grado de excitación, ¡VAMOS!.
Con los nervios antes de la salida
Salida de boxes hacia los 180 kilómetros
Una vez terminada la natación, y
tras una tranquila transición, me encuentro con mi niña de ruedas y cuernos, ¡es
tu turno guapa! ¡A POR LOS 180! Me encanta montar en bici, me despeja y me da
alegría, pero jamás podría imaginar que estaría tan contento encima de la
bicicleta en esta prueba. A pesar de la lluvia, y algo de granizo, que nos
acompaño durante 20 kilómetros, aumentaban mis ganas de seguir pedaleando, mi
niña estaba respondiendo. Rodeado de unos paisajes preciosos, nos íbamos
metiendo en el circuito que la organización tenía preparado, empezando a
descubrir porque decían que era duro, muy duro. Y es que el primer puerto, con
su belleza, te saludaba, al tiempo que te advertía de su dureza. No le hice mucho
caso. Tras bajar y pasar algunos repechos, fuimos a por el segundo puerto,
igual de bonito, más corto pero algo más duro. Aunque duro se subía con
alegría, ya que al final del mismo se encontraba el avituallamiento especial,
la comida que cada uno había preparado para el kilómetro 100.
!Vamos que no es para tanto!
Al igual que en
la vida, hay momentos en los que una mala decisión te puede marcar para el
resto, en mi caso así fue. Tenía preparado varios dulces, plátanos, frutos secos
y una coca-cola. Al abrir mi bolsa me encuentro con que la coca-cola se ha
vertido, empapando la comida, y fruto de la excitación por lo bien que me
encontraba hasta el momento, no pensando en todo lo que tenía por delante,
desprecio la comida, pensando en que no lo necesitaba, y continuo sin comer nada,
¡qué error, grave error! Y es que en muchas ocasiones es más útil para el
global utilizar la cabeza en lugar de lo que sientes en esos momentos. No sé si
porque comenzaba a darme cuenta de mi fatal decisión ó porque realmente mi
depósito de combustible se vació, pero tardé sólo 10 kilómetros en sentir un
vacío en el estómago, que acompañado de un buen mareo hicieron que me bajase de
la bicicleta para no caerme. El tío del mazo había llegado, y sabía que me
acompañaría toda la carrera. Con 70 kilómetros de ciclismo por delante, a
sabiendas de que lo único que comería hasta la maratón serían barritas y geles
energéticos, de los cuales estaba ya cansado, las dudas comenzaron a aparecer,
y más aún pensando en la maratón. El error estaba cometido, nada podía hacer
por solventarlo, sólo seguir adelante, intentando pasar esos malos momentos
como fuese. Hacía mucho tiempo que no subía un puerto dando bandazos de uno a
otro lado de la carretera, pero mi debilidad me obligó a ello en el tercer y
último puerto. Los últimos 30 kilómetros se suponían sencillos de llevar, pero
el peor enemigo del ciclista, el viento en contra, nos visito hasta nuestra
llegada a Salou.
Concluido el circuito de ciclismo, y tras 6 horas 52 minutos de inolvidable pedaleo, dispuesto a
enfrentarme a la maratón en la disciplina que más me gusta, no tenía ni idea de
lo que me esperaba. Todo comenzaba bien, dentro de lo mal que la pájara de la
bicicleta me había dejado. Mi mujer me aclamaba, espectadores y voluntarios no
escatimaban en ánimos hacia mí y resto de participantes. En el primer
avituallamiento por fin pude comer otra cosa que no fuesen barritas y geles, y
plátanos y naranjas se incorporaban a mi dieta, parecía que llegaban tarde.
Pasaban los primeros kilómetros y aunque no iba mal del todo, sabía que no
estaba funcionando mi carrera continua, no me habituaba a correr. ¡Y qué razón
llevaba! Al igual que en la vida te encuentras alguna situación que te hace ver
que no va bien, esa sensación en la que experimentaba, al igual que lo veía en
la cara de muchos de los participantes.
Como si de una barrera psicológica se
tratase, al pasar la media maratón comenzaron a venir todos los problemas de
golpe. Hacía mucho tiempo que todo lo que comía sólo se quedaba en el estómago,
y ningún efecto parecía hacerme en las fuerzas. Los geles sólo me daban ganas
de vomitar, y por si fuera poco, los gemelos y cuádriceps, que ya estaban avisándome,
se unieron a la fiesta del arrastre. Ese fue el nombre que le puse a los últimos
15 kilómetros de mi aventura, “el arrastre”, ya que esto es lo que hice en esos
kilómetros, arrastrarme. La mala decisión de no comerme la comida empapada de
coca-cola en la bicicleta me estaba causando un sufrimiento inexplicable. Mis
piernas me decían que estábamos mal, muy mal, y que si no gestionaba bien el
final de la carrera corríamos el peligro de no terminar, lo cual no entraba
para nada en mis planes. Por ello, para poder terminar, tuve que combinar
tramos de carrera con otros andando. Además de los ánimos de voluntarios y
espectadores, muchos fueron los ánimos, que entre participantes que nos encontrábamos
en la misma situación, nos propinábamos unos a otros, conscientes de lo mal que
estábamos. No sabe uno de dónde sale ese último hilo de fuerza, que te coge y
te lleva a recorrer los últimos kilómetros, ayudado por la gente que no te
dejaba que te fueses abajo, y es que el no terminar no tenía lugar dentro de mi
cabeza. Mucho tuvo que ver en esto mi mujer, sin la cual no podría hacer nada
de esto, que me animaba sin caer en su desánimo, aún sabiendo, ya que me conoce
mejor que yo, que no estaba como yo esperaba, que mi cabeza ya no me funcionaba. Sobre los últimos metros, no hace falta
decir nada de ellos, ya que la felicidad de cumplir el objetivo que
tantas horas, no sólo de entrenamientos sino también de pensamiento me había
llevado, no tiene nombre, y tras 4 horas 40 minutos de maratón, sumados a los tiempos anteriores, con las transiciones, sumaron un total de 12 HORAS 49 MINUTOS 27 SEGUNDOS de felicidad.
La llegada
Por fin terminaba los 226 kilómetros de mi aventura.
Una aventura, que como la vida misma, se forma de muchas experiencias, distintas
fases, buenas y malas, en la que hay que pasar las malas con el mayor ánimo
posible y no dejarse llevar de un modo descontrolado por los buenos momentos.
Pasadas 24 horas desde el final, comienza uno a estar
más contento aún de haber cumplido su sufrido objetivo, y a entender porque
algunos consideran este tipo de pruebas como una droga, ya que, con los dolores
aún presentes, mi pensamiento va en busca de la siguiente.
Recuerdo la primera vez que escuche
la palabra “Ironman”. Fue hace bastantes años, en Badajoz, y tras descubrir de
qué trataba dicha prueba, no pude pensar otra cosa que no fuese ¡qué locura!
Desde entonces no volví a prestar atención a esta palabra, hasta que el año
pasado, en mi centro de trabajo, y una vez dentro de este mundillo, descubría
día tras día que varios de mis compañeros habían participado en pruebas
similares. ¿Pero dónde estoy? ¿Cómo es posible que hayan podido realizar esto?
Estas y otras preguntas se me venían a la cabeza sin encontrar respuesta.
Aunque mi mente no podía asimilar todo lo que mis compañeros me contaban, una
luz se encendió dentro de mí el lunes 6 de Junio del año pasado, cuando una
compañera me comentaba que tenía mucho sueño porque el día anterior había
llegado tarde a casa, a causa de que su marido estuvo participando en un
triatlón distancia Ironman el día anterior, en Salou. Entonces pensé, ¿si toda
esta gente lo hace? ¿Por qué yo no?
Esa es la pregunta clave que toda
persona que quiera hacer una prueba de este tipo, ó cualquier otro reto ó
actividad, ha de plantearse ¿por qué yo no? Desde aquel día se instaló en mi
cabeza la idea, la necesidad más bien, que por lo menos debía intentarlo. Y en
esas nos pusimos. Aunque por aquel entonces ni siquiera había participado
todavía en un triatlón, sólo duatlones, no me importaba.
Después de tener mis primeras
experiencias en triatlón, y teniendo en cuenta mi triste natación, estaba claro
que tendría mucho trabajo por delante. Sería necesario montar mucho en
bicicleta, correr durante muchas horas, pero en natación, además de nadar,
nadar y nadar, prácticamente tendría que empezar de cero, ya que estaba claro que
no sabía nadar. Por ello, después de inscribirme en la prueba, a finales del
verano, y sabiendo que lo más inmediato era aprender a nadar, pude contactar
con el club de natación de Toledo, dónde con la ayuda de Alberto, Carmen,
compañeros de natación y por supuesto Tina, poco a poco y con paciencia, se comenzó
a lograr la difícil tarea de mantenerme a flote.
Con Alberto en la piscina de Toledo
Una vez terminé mi primera maratón
en Valencia, obtuve dos noticias, una buena y otra mala. La buena, comprobar
que era capaz de correr la maratón, la mala, que esto iba a ser duro, muy duro.
Tras la semana de descanso después
de la maratón, comenzaba la preparación para el Ironman. Seis meses de
madrugones para correr, de llegar tarde a casa tras la piscina, y de fines de
semana ocupados por largas sesiones de bicicleta y carrera. Sinceramente, no
puedo decir que fuese duro, ya que la emoción de preparar una prueba de este
tipo lo compensaba todo. Y es que como dice el dicho, “el que algo quiere algo le cuesta”. Aunque la preparación es una de
las partes que más se disfruta, no fueron pocas las veces que pensaba si esto
merecería la pena, hasta el día de la prueba no lo sabría.
No
son buenos tiempos en general, es una de las realidades que en la actualidad
tenemos, muy especialmente en nuestro país. No hace falta buscar mucho para
darnos cuenta de la difícil situación en la que nos encontramos, lastrada por
la economía, que ejerce como peso de arrastre sobre el resto de las facetas de
nuestras vidas. Y es que, por mucho que en ocasiones hagamos nuestras
expresiones como que “el dinero no es importante”, lo cual es cierto en parte,
la realidad es que la economía si importa, y desgraciadamente dejamos que
condicione nuestro ánimo, y con ello nuestra actitud ante los distintos retos
que se nos puedan plantear.
Aunque
la realidad general es dura, ni podemos ni debemos dejar que toda esta sin
razón en la que nos encontramos inmerso nos condicione, ya que, el tiempo cada
vez pasa más rápido, y día que se pierda no se volverá a recuperar. Por ello,
si queremos hacer algo, lo intentamos y punto, independientemente de si
lo conseguimos ó no, ya que en su intento estará el éxito.
¿Y por qué
digo todo esto? Si nos fijamos en los pequeños detalles que tenemos a nuestro
lado en el día a día, quizá podamos encontrar ese impulso que necesitamos para
elevar nuestro estado de ánimo, con los innumerables beneficios que ello
tendrá, en nuestra salud y en nuestras actividades diarias. Por ello, quería
compartir uno de esos detalles de los que pude ser testigo en el día de ayer,
cuando iba con mi coche por una carretera y pude ver a una persona practicando
ciclismo en una bicicleta adaptada a personas que en su vida diaria necesitan
una silla de ruedas. Fue entonces cuando pensé, “sí señor, esa es la actitud”.
No conozco a esa persona, pero le doy un diez por su actitud, por superar sus
adversidades, por no quedarse en casa lamentándose, QUIERE PRACTICAR CICLISMO Y
LO PRACTICA, PUNTO. Aunque pueda entender que alguien piense que esto no es
especial, para mí lo es, ya que estamos más que acostumbrados a escuchar
multitud de excusas ante las adversidades que nos encontramos, en nuestra vida
profesional ó personal, que si esto… que si lo otro… que si este no me permite…,
y muchas más que no hace falta comentar.
En definitiva,
el día a día nos ofrece multitud de detalles y experiencias, cargadas de contenidos
que merece la pena prestarles atención, y que si somos capaces de leer, y
aprovechar su significado, utilizando lo positivo del mismo, podremos enfrentar
mejor todos los mensajes depresivos y desoladores que nos llegan, haciendo
girar malas situaciones en no tan malas, ó incluso buenas ó muy buenas.