jueves, 7 de junio de 2012

226 kilómetros de vida (2ª parte)


No había vuelta atrás, la semana de la prueba había llegado, aunque por otras distracciones prácticamente había pasado inadvertido para mí.
!Que no falte nunca!
     Los días previos, entre preparación del material y otros fueron como cuando un niño espera el día de reyes, ó su cumpleaños, todo ilusión y expectación, sin faltar por supuesto los nervios, que ya empezaban a hacer mella, especialmente en el sueño. Previo paso por Valencia para ver a mi amigo, el sábado por la mañana llegamos a Salou, y lo primero que hicimos fue ir a ver la meta que tendría que cruzar el día siguiente, ¡no parece tan difícil!, ¿verdad? El sábado transcurrió entre hotel, preparando el material, recogiendo dorsales y dejando la bici en su sitio para el día siguiente, intentando dejarlo todo lo mejor posible, para que nada fallase. Ya se veía el ambiente que se crea en estas ocasiones, de participantes, familiares y curiosos.
Objetivo: cruzarla
            La mañana de la prueba llego pronto, ya que a las 6:30 estaríamos dentro del agua. En el desayuno coincidimos varios de los participantes, comentando temas relacionados sobre todo con el tiempo, ya que llovía, y llovería. De camino a la salida pudimos coincidir con aquellos que continuaban la noche, con sus conversaciones, sus situaciones, etc., ¡qué tiempos aquellos! Una vez en la zona de la prueba no había tiempo que perder, ni nervios ya que había cosas que preparar.

     El momento de la verdad había llegado. Situados en la orilla de la playa, cuando aún el día no nos había saludado, nos encontrábamos todos los participantes, cada uno con su motivo, con la particular historia que le había llevado hasta ese punto. No sabía cómo terminaría mi aventura, pero de lo que te dabas cuenta en esos momentos, es que ya teníamos nuestros triunfos particulares, al plantearnos nuestro pequeño reto. Resulta curioso como ver, que además de llevar todos nuestro traje de neopreno del mismo color, teníamos otra cosa en común, nuestras miradas. Mirases a quién mirases, todos teníamos ese punto de mirada asustadiza, que precede a la posterior emoción. No se trataba de miedo, sino más bien, de respeto, por la prueba y hacia el resto de participantes. Con el cañonazo de la salida, los nervios se transformaron en tranquilidad y alegría, ya que entre las brazadas necesarias para recorrer los 3800 metros creo que hubo varias “sonrisas acuáticas”. Ahora que pienso, ¿será ese el motivo por el que trague tanta agua?, no creo. Era bonito estar nadando en el mar, con toda esa gente, comenzando a cumplir mi objetivo. Después de tantos quebraderos de cabeza que me dio la natación, resulta que terminó casi sin darme cuenta, con un tiempo de 1 hora 3 minutos de repente me encontraba corriendo por la alfombra, saludando a mi guapa, e inseparable mujer, camino de los boxes para encontrarme con mi niña de dos ruedas, con un elevado grado de excitación, ¡VAMOS!.
Con los nervios antes de la salida
  
Salida de boxes hacia los 180 kilómetros
 Una vez terminada la natación, y tras una tranquila transición, me encuentro con mi niña de ruedas y cuernos, ¡es tu turno guapa! ¡A POR LOS 180! Me encanta montar en bici, me despeja y me da alegría, pero jamás podría imaginar que estaría tan contento encima de la bicicleta en esta prueba. A pesar de la lluvia, y algo de granizo, que nos acompaño durante 20 kilómetros, aumentaban mis ganas de seguir pedaleando, mi niña estaba respondiendo. Rodeado de unos paisajes preciosos, nos íbamos metiendo en el circuito que la organización tenía preparado, empezando a descubrir porque decían que era duro, muy duro. Y es que el primer puerto, con su belleza, te saludaba, al tiempo que te advertía de su dureza. No le hice mucho caso. Tras bajar y pasar algunos repechos, fuimos a por el segundo puerto, igual de bonito, más corto pero algo más duro. Aunque duro se subía con alegría, ya que al final del mismo se encontraba el avituallamiento especial, la comida que cada uno había preparado para el kilómetro 100. 
!Vamos que no es para tanto!
Al igual que en la vida, hay momentos en los que una mala decisión te puede marcar para el resto, en mi caso así fue. Tenía preparado varios dulces, plátanos, frutos secos y una coca-cola. Al abrir mi bolsa me encuentro con que la coca-cola se ha vertido, empapando la comida, y fruto de la excitación por lo bien que me encontraba hasta el momento, no pensando en todo lo que tenía por delante, desprecio la comida, pensando en que no lo necesitaba, y continuo sin comer nada, ¡qué error, grave error! Y es que en muchas ocasiones es más útil para el global utilizar la cabeza en lugar de lo que sientes en esos momentos. No sé si porque comenzaba a darme cuenta de mi fatal decisión ó porque realmente mi depósito de combustible se vació, pero tardé sólo 10 kilómetros en sentir un vacío en el estómago, que acompañado de un buen mareo hicieron que me bajase de la bicicleta para no caerme. El tío del mazo había llegado, y sabía que me acompañaría toda la carrera. Con 70 kilómetros de ciclismo por delante, a sabiendas de que lo único que comería hasta la maratón serían barritas y geles energéticos, de los cuales estaba ya cansado, las dudas comenzaron a aparecer, y más aún pensando en la maratón. El error estaba cometido, nada podía hacer por solventarlo, sólo seguir adelante, intentando pasar esos malos momentos como fuese. Hacía mucho tiempo que no subía un puerto dando bandazos de uno a otro lado de la carretera, pero mi debilidad me obligó a ello en el tercer y último puerto. Los últimos 30 kilómetros se suponían sencillos de llevar, pero el peor enemigo del ciclista, el viento en contra, nos visito hasta nuestra llegada a Salou.

Concluido el circuito de ciclismo, y tras 6 horas 52 minutos de inolvidable pedaleo, dispuesto a enfrentarme a la maratón en la disciplina que más me gusta, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Todo comenzaba bien, dentro de lo mal que la pájara de la bicicleta me había dejado. Mi mujer me aclamaba, espectadores y voluntarios no escatimaban en ánimos hacia mí y resto de participantes. En el primer avituallamiento por fin pude comer otra cosa que no fuesen barritas y geles, y plátanos y naranjas se incorporaban a mi dieta, parecía que llegaban tarde. Pasaban los primeros kilómetros y aunque no iba mal del todo, sabía que no estaba funcionando mi carrera continua, no me habituaba a correr. ¡Y qué razón llevaba! Al igual que en la vida te encuentras alguna situación que te hace ver que no va bien, esa sensación en la que experimentaba, al igual que lo veía en la cara de muchos de los participantes.

Como si de una barrera psicológica se tratase, al pasar la media maratón comenzaron a venir todos los problemas de golpe. Hacía mucho tiempo que todo lo que comía sólo se quedaba en el estómago, y ningún efecto parecía hacerme en las fuerzas. Los geles sólo me daban ganas de vomitar, y por si fuera poco, los gemelos y cuádriceps, que ya estaban avisándome, se unieron a la fiesta del arrastre. Ese fue el nombre que le puse a los últimos 15 kilómetros de mi aventura, “el arrastre”, ya que esto es lo que hice en esos kilómetros, arrastrarme. La mala decisión de no comerme la comida empapada de coca-cola en la bicicleta me estaba causando un sufrimiento inexplicable. Mis piernas me decían que estábamos mal, muy mal, y que si no gestionaba bien el final de la carrera corríamos el peligro de no terminar, lo cual no entraba para nada en mis planes. Por ello, para poder terminar, tuve que combinar tramos de carrera con otros andando. Además de los ánimos de voluntarios y espectadores, muchos fueron los ánimos, que entre participantes que nos encontrábamos en la misma situación, nos propinábamos unos a otros, conscientes de lo mal que estábamos. No sabe uno de dónde sale ese último hilo de fuerza, que te coge y te lleva a recorrer los últimos kilómetros, ayudado por la gente que no te dejaba que te fueses abajo, y es que el no terminar no tenía lugar dentro de mi cabeza. Mucho tuvo que ver en esto mi mujer, sin la cual no podría hacer nada de esto, que me animaba sin caer en su desánimo, aún sabiendo, ya que me conoce mejor que yo, que no estaba como yo esperaba, que mi cabeza ya no me funcionaba.
Sobre los últimos metros, no hace falta decir nada de ellos, ya que la felicidad de cumplir el objetivo que tantas horas, no sólo de entrenamientos sino también de pensamiento me había llevado, no tiene nombre, y tras 4 horas 40 minutos de maratón, sumados a los tiempos anteriores, con las transiciones, sumaron un total de 12 HORAS 49 MINUTOS 27 SEGUNDOS de felicidad.
La llegada

Por fin terminaba los 226 kilómetros de mi aventura. Una aventura, que como la vida misma, se forma de muchas experiencias, distintas fases, buenas y malas, en la que hay que pasar las malas con el mayor ánimo posible y no dejarse llevar de un modo descontrolado por los buenos momentos.
Pasadas 24 horas desde el final, comienza uno a estar más contento aún de haber cumplido su sufrido objetivo, y a entender porque algunos consideran este tipo de pruebas como una droga, ya que, con los dolores aún presentes, mi pensamiento va en busca de la siguiente.

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