jueves, 7 de junio de 2012

226 kilómetros de vida (1ª parte)


     Recuerdo la primera vez que escuche la palabra “Ironman”. Fue hace bastantes años, en Badajoz, y tras descubrir de qué trataba dicha prueba, no pude pensar otra cosa que no fuese ¡qué locura! Desde entonces no volví a prestar atención a esta palabra, hasta que el año pasado, en mi centro de trabajo, y una vez dentro de este mundillo, descubría día tras día que varios de mis compañeros habían participado en pruebas similares. ¿Pero dónde estoy? ¿Cómo es posible que hayan podido realizar esto? Estas y otras preguntas se me venían a la cabeza sin encontrar respuesta. Aunque mi mente no podía asimilar todo lo que mis compañeros me contaban, una luz se encendió dentro de mí el lunes 6 de Junio del año pasado, cuando una compañera me comentaba que tenía mucho sueño porque el día anterior había llegado tarde a casa, a causa de que su marido estuvo participando en un triatlón distancia Ironman el día anterior, en Salou. Entonces pensé, ¿si toda esta gente lo hace? ¿Por qué yo no?
     Esa es la pregunta clave que toda persona que quiera hacer una prueba de este tipo, ó cualquier otro reto ó actividad, ha de plantearse ¿por qué yo no? Desde aquel día se instaló en mi cabeza la idea, la necesidad más bien, que por lo menos debía intentarlo. Y en esas nos pusimos. Aunque por aquel entonces ni siquiera había participado todavía en un triatlón, sólo duatlones, no me importaba.
     Después de tener mis primeras experiencias en triatlón, y teniendo en cuenta mi triste natación, estaba claro que tendría mucho trabajo por delante. Sería necesario montar mucho en bicicleta, correr durante muchas horas, pero en natación, además de nadar, nadar y nadar, prácticamente tendría que empezar de cero, ya que estaba claro que no sabía nadar. Por ello, después de inscribirme en la prueba, a finales del verano, y sabiendo que lo más inmediato era aprender a nadar, pude contactar con el club de natación de Toledo, dónde con la ayuda de Alberto, Carmen, compañeros de natación y por supuesto Tina, poco a poco y con paciencia, se comenzó a lograr la difícil tarea de mantenerme a flote.

 Con Alberto en la piscina de Toledo

     Una vez terminé mi primera maratón en Valencia, obtuve dos noticias, una buena y otra mala. La buena, comprobar que era capaz de correr la maratón, la mala, que esto iba a ser duro, muy duro.
     Tras la semana de descanso después de la maratón, comenzaba la preparación para el Ironman. Seis meses de madrugones para correr, de llegar tarde a casa tras la piscina, y de fines de semana ocupados por largas sesiones de bicicleta y carrera. Sinceramente, no puedo decir que fuese duro, ya que la emoción de preparar una prueba de este tipo lo compensaba todo. Y es que como dice el dicho, “el que algo quiere algo le cuesta”. Aunque la preparación es una de las partes que más se disfruta, no fueron pocas las veces que pensaba si esto merecería la pena, hasta el día de la prueba no lo sabría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario